El día que el buscador

supo más de mí

que yo mismo.

Todo empezó con una molestia. No dolor. Molestia.

Ese tipo de sensación que no te tira a la cama, pero tampoco te deja en paz. Un “algo” en el cuerpo que aparece cuando caminas, cuando te sientas, cuando intentas ignorarlo. Y yo, como buen hombre funcional de más de 45, hice lo que hacemos siempre:

Nada.

Seguí con mi día. Trabajo, pendientes, juntas, tráfico. Me convencí de que era cansancio. Estrés. Edad. Porque todo se puede justificar… hasta que el cuerpo insiste.

Fue en la noche, cuando la casa ya estaba en silencio, que cometí el error.
Abrí el celular.
Escribí una frase vaga.
Y presioné buscar.

“Molestia que no duele pero no se va”.

El buscador respondió con una eficiencia brutal.
Listas. Síntomas. Historias. Foros. Estadísticas.

En diez minutos ya había pasado por todas las posibilidades: desde algo sin importancia hasta escenarios que preferí no leer completos. Cerré el celular. Lo volví a abrir. Cambié las palabras. Busqué sinónimos. Busqué esperanza. Encontré más dudas.

Ahí entendí algo incómodo:
cuando no hablas con nadie, el miedo se vuelve creativo.

No le dije a mi pareja.
No le dije a mis hijos.
No le dije a nadie.

Porque una cosa es sentir miedo, y otra muy distinta es admitirlo.

Durante días seguí igual. Por fuera, normal. Por dentro, en alerta constante. Escuchando mi cuerpo de una forma rara: no para entenderlo, sino para confirmar mis peores pensamientos.

Hasta que me cansé.

No del síntoma.
Del ruido.

Me di cuenta de que estaba viviendo en una pausa eterna entre “qué tal si no es nada” y “qué tal si sí”. Y ese lugar… no es vida.

Así que hice algo que llevaba tiempo evitando:
pedí una cita médica.

No fue un acto heroico.
Fue práctico.
Fue silencioso.
Fue necesario.

El día de la consulta no pasó nada extraordinario. Y eso fue lo extraordinario. Me revisaron. Me explicaron. Me escucharon. Me hablaron claro. Sin drama. Sin frases ambiguas.

El diagnóstico fue simple:
Nada grave.
Un susto.
Un aviso.

Salí de ahí más ligero. No solo por el resultado, sino por algo más profundo: había recuperado el control.

Porque entendí algo que nadie te dice cuando escribes tus síntomas en una barra de búsqueda:

👉 El miedo crece cuando no tiene contexto.
👉 La prevención no es exageración.
👉 Y escuchar al cuerpo a tiempo no te quita fortaleza… te da claridad.

Esa noche volví a casa igual que siempre.
Pero no era el mismo.

Pensé, con una honestidad que rara vez me permito:

Tal vez no se trata de dejar de buscar respuestas…
sino de saber a quién preguntarle.

Porque el buscador puede darte información.
Pero solo la decisión de escuchar a tiempo puede darte tranquilidad.

Y eso —definitivamente—
no se googlea.

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