“El día que Google me dio

más miedo

que respuestas.”

Por un momento pensé que mi vida cabía en una pestaña del navegador.

Por un momento pensé que mi vida cabía en una pestaña del navegador.

Todo empezó un martes cualquiera. De esos que no prometen nada extraordinario: café tibio, una laptop abierta desde temprano y el eco de dos adolescentes peleando por quién se terminó el cereal. Yo, Sara. 45 años. Escritora. Madre. Habitante oficial de Zapopan y sobreviviente funcional del multitasking emocional.

Fue en la ducha. Siempre es en la ducha, ¿no? Ese lugar donde una va a relajarse y termina encontrándose con verdades incómodas. Mi mano izquierda, distraída, descubrió algo que no estaba ahí antes. Un bultito. Pequeño. Discreto. Silencioso. Pero suficiente para apagar el agua, el vapor… y la paz.

—Seguro no es nada —me dije con la convicción de alguien que ya sabía que era algo.

Hice lo que cualquier mujer moderna, responsable y ligeramente ansiosa haría: googleé.

Error número uno.

“Bultito en el seno”
Enter.

En menos de tres segundos, Google ya me había diagnosticado, despedido de este mundo y ofrecido artículos relacionados. Pasé de “puede ser hormonal” a “historias reales que terminaron mal” en siete scrolls. Aprendí términos médicos que no sabía pronunciar y estadísticas que no quería conocer.

A las 2:47 a.m., ya había planeado mentalmente cómo les explicaría a mis hijos, qué pasaría con mis libros inconclusos y quién se quedaría con mis plantas (spoiler: nadie las quiere).

Google no duerme. La paranoia tampoco.

Al día siguiente, escribí… pero no ficción. Escribí mensajes de voz que nunca envié. Observé a mis hijos como si estuviera memorizando sus caras. Me pregunté —muy estilo drama interno— si una mujer puede amar tanto que le duela físicamente. Spoiler dos: sí.

Y lo más absurdo de todo: no le conté a nadie.

Porque una cosa es tener miedo, y otra muy distinta es decirlo en voz alta.

Pasaron días. El bultito seguía ahí. No dolía. Y eso, según Google, era peor. Yo seguía trabajando, cumpliendo, escribiendo… pero con un ruido constante en la cabeza. Como una notificación que no se puede silenciar.

Hasta que entendí algo:
👉 No estaba viviendo el miedo correcto.
Estaba viviendo el miedo sin información, sin acompañamiento y sin contexto.

Así que hice algo radicalmente adulto: pedí una cita médica.

No fue heroico. Fue tembloroso. Fue con la voz medio quebrada al otro lado del teléfono. Pero fue real.

El día de la consulta, me vestí como quien va a una entrevista importante. No para impresionar, sino para sentirme fuerte. El lugar era tranquilo. Humano. Nadie hablaba en susurros dramáticos ni miraba con lástima. Eso ayudó.

El doctor revisó. Preguntó. Explicó. Escuchó.

Y entonces dijo la frase que debería venir impresa en letras gigantes:

Es un susto. Todo está bien.

No lloré de inmediato. Me reí. Una risa nerviosa, absurda, casi molesta. ¿Todo ese insomnio? ¿Toda esa película mental? ¿Por un susto?

Sí.
Pero también no.

Porque ese susto me enseñó algo que Google jamás pudo explicarme:

  • Que la prevención no es paranoia.
  • Que escuchar tu cuerpo no es exagerar.
  • Que el silencio da más miedo que un diagnóstico.
  • Y que informarte bien puede salvarte… incluso de ti misma.

Salí de la clínica distinta. No porque algo estuviera mal, sino porque decidí no volver a normalizar lo que no se siente normal.

Esa noche, mis hijos volvieron a pelear por el cereal. El café siguió tibio. La vida siguió exactamente igual.

Excepto yo.

Y pensé:

Tal vez no se trata de dejar de buscar respuestas… sino de saber dónde buscarlas.

Porque a veces, Google te da información.
Pero escuchar a tiempo, te da paz.

Salí de la clínica distinta. No porque algo estuviera mal, sino porque decidí no volver a normalizar lo que no se siente normal.

Esa noche, mis hijos volvieron a pelear por el cereal. El café siguió tibio. La vida siguió exactamente igual.

Excepto yo.

Y pensé:

“Tal vez no se trata de dejar de buscar respuestas… sino de saber dónde buscarlas.

Porque a veces, Google te da información.
Pero escuchar a tiempo, te da paz.”

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